Una mentalidad sobrenatural

A propósito de Iglesia del Siglo 21

Parte 13 - [1 de marzo 2009] Hemos visto que el complejo contexto social y cultural en que se mueve la Iglesia hispana en este país requiere una concepción igualmente compleja y abarcadora. Junto a esa preocupación social tan legítima y necesaria, sin embargo, la Iglesia evangélica hispana en Estados Unidos debe mantener estrechamente unida lo que llamaremos una “mentalidad sobrenatural”.

Esa postura sobrenatural constituye su mayor fortaleza, la distingue de otros tipos de espiritualidades cristianas, y le asegura a la Iglesia hispana su capacidad para ser verdaderamente efectiva en la labor evangelística y transformadora. Me refiero a esa postura histórica y ortodoxa de la Iglesia que entre otras cosas incluye: (a) la creencia en la Biblia como la palabra infalible de Dios, (b) que concibe a Jesús como único mediador entre Dios y la humanidad, y (c) que está animada por un urgente llamado a evangelizar y hacer discípulos tanto de hombres y mujeres como de las naciones.

TEOLOGÍA DE PODER

Esa postura sobrenatural debe incluir además (d) el énfasis sobre una teología de poder como base para las acciones y esfuerzos de la Iglesia sobre la tierra. Este elemento de poder (dunamis, en el griego del Nuevo Testamento) me parece fundamental en la elaboración de una mentalidad verdaderamente bíblica y sobrenatural. Sin ella, la Iglesia hispana se encontraría en seria desventaja al tratar de acometer los retos sobrehumanos que plantea el ministerio en el siglo veintiuno.

A través de todo el Nuevo Testamento se hace claro que el anuncio del evangelio debe estar acompañado por obras de poder sobrenatural. El Señor Jesucristo siempre enmarcó su llamado a los discípulos a evangelizar dentro de una promesa de poder y autoridad sobrenaturales. En Mateo 28:18 y 19 hay una promesa implícita de dotación de poder la cual acompaña a la Gran Comisión: “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones…y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.

En Lucas 9:1 y 2 vemos esa misma dinámica de poder acompañando el envío de los doce: “Habiendo reunido a sus doce discípulos, les dio poder y autoridad sobre todos los demonios, y para sanar enfermedades. Y los envió a predicar el reino de Dios, y a sanar a los enfermos”. Más adelante, cuando Jesús envía a otros setenta discípulos, estos regresan asombrados de las sanidades y liberaciones que han efectuado. El Señor les responde: “Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. He aquí os doy potestad de hollar serpientes y escorpiones, y sobre toda fuerza del enemigo, y nada os dañará” (Luc 10: 18 y 19).

Inmediatamente después de su resurrección Jesús les advirtió a sus discípulos que no se apresuraran a emprender ningún esfuerzo evangelístico, “sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí. Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo” (Hech 1: 4 y 5). Esa consciencia urgente de la necesidad de una investidura de poder sobrenatural para llevar a cabo efectivamente las tareas evangelísticas y transformadoras de la Iglesia sobre la tierra es el fundamento de la teología pentecostal. Su recuperación después de siglos de olvido y descuido en el siglo veinte constituye una de las grandes transformaciones en la historia de la Iglesia.

EL ASOMBROSO AVANCE DEL PENTECOSTALISMO

En la actualidad, el asombroso crecimiento del cristianismo en África, Asia y Latinoamérica puede ser atribuido a esa capacidad de la Iglesia del Tercer Mundo para operar en esa modalidad pentecostal íntimamente conectada con el poder de Dios. El progreso avasallador del evangelio en esas partes del mundo ha sido encabezado casi exclusivamente durante las últimas décadas por iglesias y movimientos que se identifican con la teología pentecostal que vemos desarrollada en el libro de los Hechos. En África, por ejemplo, en 1900 los cristianos constituían apenas el nueve por ciento de la población. Ese porcentaje en día de hoy alcanza casi el cincuenta por ciento.

Casi en su totalidad, como aclara el pensador religioso Philip Jenkins en su libro The Next Christendom (La próxima cristiandad), estos nuevos cristianos se identifican con un tipo de cristianismo muy parecido al del primer siglo de la era cristiana. Aun la rama católica de ese crecimiento, la cual es numerosamente significativa, se identifica en buena medida con esa visión sobrenatural, carismática y moralmente conservadora del pentecostalismo clásico.

Esa mentalidad sobrenatural incluye: la expectativa de ver señales y milagros en el curso de la vida cristiana; la creencia en el Espíritu Santo como íntimamente involucrado en cada necesidad o circunstancia del creyente; la consciencia de la existencia de los poderes demoníacos, y la autoridad que tienen los cristianos para derrotarlos; la vigencia actual de los dones del Espíritu según los describen pasajes como I Corintios 12:1-11; el poder de la adoración para suscitar el mover del Espíritu y derrotar a Satanás; la importancia de la santidad personal como requisito para recibir la bendición divina; el poder de dar generosamente para desatar la bendición material y la prosperidad; el ayuno y la oración como elementos esenciales para una vida poderosa y fructífera; y la responsabilidad de evangelizar y testificar de Jesús.

Mientras que en el Norte industrializado y moderno el cristianismo parece estar perdiendo poder e influencia y decayendo en números, en el Sur Global—esto es, en África, Asia y Latinoamérica—la fe cristiana está creciendo en forma irresistible y avasalladora. Según Jenkins, 480 millones de creyentes en Latinoamérica, 360 millones en África, y 313 millones en Asia constituyen lo que el teólogo católico Wahlbert Buhlmann llama “La Tercera Iglesia”, un sector relativamente reciente del cristianismo mundial, pero tan significativo e influyente como el sector protestante tradicional y el sector Ortodoxo (“La Próxima Cristiandad”, Atlantic Monthly, octubre 2002). Ese segmento de la cristiandad debe su sorprendente crecimiento precisamente a esa investidura de poder sobrenatural que prometen las Escrituras cuando se recibe la llenura del Espíritu Santo.

EVANGELIZACIÓN Y GUERRA ESPIRITUAL

Un último componente de esa mentalidad sobrenatural que requiere la Iglesia en nuestro tiempo para su efectividad es: (e) el reconocimiento de la guerra espiritual como condición ineludible del ministerio. El ministerio terrenal de Jesús comienza con una confrontación directa con Satanás en el desierto, se desarrolla derrotando continuamente a los demonios por medio de liberaciones y exorcismos, y concluye en la cruz humillando definitivamente a los principados y potestades (Col 2:15). Según el apóstol Juan, “Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo” (I Jn 3:8).

Siempre que el Señor Jesús envió a sus discípulos a predicar el evangelio, les dio potestad para derrotar a los demonios y las fuerzas del mal. En la versión de la Gran Comisión que registra el Evangelio según San Marcos, entre las señales que Jesús menciona como distintivas de sus seguidores está la capacidad para expulsar demonios: “Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán” (Mr 16:17-18).

En Efesios 6:10-12, el apóstol Pablo nos advierte: “Por lo demás, hermanos, fortaleceos en el Señor y en el poder de su fuerza. Vestíos de toda la armadura de Dios para que podáis estar firmes contra las acechanzas del diablo. Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes de maldad en las regiones celestes”. A la luz de todo lo que venimos discutiendo, este último pasaje resulta muy revelador, pues mezcla esos dos últimos elementos que venimos mencionando— la teología de poder y el concepto de la Guerra Espiritual.

EL REINO DE DIOS Y LA GUERRA ESPIRITUAL

El anuncio del Reino de Dios siempre se hace en un contexto de conflicto con el reino de las tinieblas, y por lo tanto, requiere el respaldo y protección que sólo puede proveer el poder divino. En Mateo 11:12, el Señor declara misteriosamente: “Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan”. En el griego original, el vocablo biazetai, que la versión Reina-Valera traduce “sufre violencia”, puede igualmente ser traducido en forma activa; es decir, “procede con violencia”, o “se abre paso con fuerza”. Los estudios bíblicos y las exégesis más recientes parecen estar más de acuerdo con esta acepción. La Nueva Versión Internacional, por ejemplo, lo traduce, “se abre paso contra viento y marea”.

“El Reino de los cielos” es un concepto antagónico y correctivo: El Reino de Dios procede forzosamente, y se impone sobre un reino demoníaco que ocupa ilegítimamente el ámbito humano establecido por Dios en la creación. Ese reino patológico oprime y contamina como un virus maligno tanto a los individuos como a las instituciones y sistemas que enmarcan su existencia. Es lógico e inevitable que los que buscan establecer el Reino legítimo de Dios entren en feroz oposición con ese otro poder ocupador que tratará de resistirlo a toda costa.

Para establecer su influencia de vida y luz, la Iglesia de Jesucristo tendrá que estar preparada para hacerle guerra y neutralizar el reino de la muerte y las tinieblas. Por eso el Señor añade en otro contexto: “¿Cómo puede alguno entrar en la casa del hombre fuerte, y saquear sus bienes, si primero no le ata? Y entonces podrá saquear su casa” (Mt 12: 29). El escritor de Hebreos aclara que Cristo murió “para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre” (Heb 2:14).

La Iglesia hispana en Estados Unidos no podrá jamás liberar a esas tristes multitudes atadas a la servidumbre de la ignorancia, la sensualidad y la pobreza a menos que no esté dotada de poder sobrenatural y altamente entrenada en la estrategia y el uso de las armas de la Guerra Espiritual. Sin ese conocimiento misterioso pero esencial, sus mejores intenciones y sus esfuerzos transformadores quedarán reducidos una y otra vez al fracaso total.

Resumiendo:

1. Dios ha llamado a la Iglesia hispana en este país a jugar un papel redentor.
2. En su genética espiritual, la Iglesia latina porta los elementos que necesita para jugar un papel transformador no solamente entre los hispanos, sino también al nivel de la sociedad norteamericana en general.
3. Dios nos ha escogido, como quizás ha escogido a otros grupos de creyentes inmigrantes, para ser sal y luz en una cultura que va degenerándose rápidamente debido a su alejamiento de Dios.
4. Para poder ser efectivos, tenemos que poder ofrecerle al mundo más que una mera experiencia formal y religiosa.
5. Se requiere una Iglesia consciente de su alto llamado a involucrarse en todas las dimensiones de la vida humana—en el ámbito cultural, político y económico—y no solamente en lo que estrechamente reconocemos como “espiritual”.
6. Y, finalmente, si vamos a emprender tan ardua tarea, abrazando el llamado abarcador de Jesucristo de hacer discípulos a todas las naciones, necesitamos adoptar una mentalidad sobrenatural que nos mantenga sanos doctrinalmente, y que nos permita acceso a la plenitud del poder de Dios, así como a sus armas de luz contra los poderes de las tinieblas.

LA JORNADA ESPIRITUAL DE LEÓN DE JUDÁ

Como veremos a continuación, mucho de lo que venimos expresando y analizando está encarnado en la vida y jornada espiritual de nuestra iglesia. A través de su historia, podemos ver con mayor claridad cómo estos principios espirituales afectan el ministerio y la efectividad en el servicio de una comunidad de fe como es León de Judá.

Nuestra historia no es única. Muchas iglesias a través de todo el mundo podrían relatar una trayectoria espiritual similar. La Congregación León de Judá constituye una modesta ilustración de lo que sucede cuando un grupo de creyentes abraza las verdades bíblicas que venimos señalando y las incorpora a su vida institucional. Muestra, sobre todo, cómo la adopción del llamado al trabajo comunitario, unido a esa visión sobrenatural que hemos descrito, abre las puertas a la irrupción del poder de Dios, y permite que surja una comunidad verdaderamente transformadora. A continuación, relatamos algunos de los episodios claves de ese drama iluminador.

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